La medida en que el 11-S cambio la historia


Desafíos Transnacionales

“Como suele suceder después de las grandes catástrofes de todo tipo, poco después de que un segundo avión embistió la torre sur del World Trade Center confirmando la hipótesis de un ataque terrorista, el ánimo sensacionalista impuso la idea de que comenzaba una nueva era en la política internacional”.  Especial para GEIC, por Luis Schenoni.

Como suele suceder después de las grandes catástrofes de todo tipo, poco después de que un segundo avión embistió la torre sur del World Trade Center confirmando la hipótesis de un ataque terrorista, el ánimo sensacionalista impuso la idea de que comenzaba una nueva era en la política internacional. Lo curioso es que, a diferencia de cualquier otra catástrofe, diez años después, prácticamente todo el mundo se ha convencido de que el 11-S cambió la historia.

Claro que, en rigor, la destrucción de las Torres Gemelas, como el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, no cambió la historia, con mucha suerte fue la causa de alguna conducta posterior. Sin embargo, incluso cuando mucho de lo que pasó luego del 11-S se puede ver como una consecuencia de los atentados –post hoc, ergo propter hoc-, estas nuevas tendencias casi siempre se esbozan con anticipación. Por eso, para capturar la importancia de este evento, debemos resolver cuatro preguntas centrales: ¿Qué convirtió al 11-S en un evento relevante en sí? ¿Qué consecuencias tuvo sobre la conducta de los diferentes actores? ¿Qué tendencias ayudó a consolidar? y ¿Qué cosas cambiaron en el mundo independientemente de que haya existido o no un 11-S?

En este breve artículo abordamos sintéticamente estas preguntas, aunque la primera de ellas no requiere mayores análisis. Entre las razones que hicieron de los atentados del 11-S una bisagra en la historia reciente se encuentran indudablemente las vidas de 2973 seres humanos y el impacto simbólico de un ataque extranjero perpetrado contra los Estados Unidos en su propio territorio, en el epicentro del orden financiero global. Aquí hay un consenso casi absoluto y muchos artículos en estos días seguramente ayuden a consolidar esta visión. Las consecuencias que el 11-S acarreó son mucho más debatibles.

Las consecuencias inmediatas o esperables del 11-S

Cuando George W. Bush fue notificado en una escuela de Florida de que Estados Unidos sufría un ataque a Manhattan, rápidamente debió haber deducido que una respuesta proporcional a semejante agresión cobraría las dimensiones de una guerra. Pero la cara de sorpresa que presentó en ese momento no debió vérsele a ningún especialista en estas materias pues ni el terrorismo era una amenaza desconocida ni ir a la guerra era algo excepcional para los Estados Unidos. A pesar de esto, la imagen más radical de los efectos del 11-S postula que los atentados fueron la espectacular inauguración de una era de terror, signada por la confrontación civilizacional y un Estado Unidos prepotente. Estas tres ideas deben comprenderse en su justa medida.

En lo que respecta al terrorismo, el 11-S no fue ningún estreno. Kenia, Tanzania, el USS Cole y otros episodios ya habían puesto de manifiesto esta problemática. Sin embargo, Al Qaeda no era percibida por entonces como un enemigo de los Estados Unidos digno de esfuerzos militares masivos. El 11-S puso de manifiesto el alcance de esta amenaza y se declaró la Guerra Global al Terror personificado en la figura de Osama Bin Laden. Más aún, el régimen Talibán, es decir, el estado de Afganistán, fue invadido bajo pretexto de legítima defensa, de modo que el terrorismo, aunque quizás efímeramente, cobró una entidad internacional que nunca antes había tenido.

En lo que se refiere a la ‘prepotencia norteamericana’, es cierto que la guerra de Afganistán y luego Irak implicaron un enorme esfuerzo para los Estados Unidos en relación a su gasto militar previo, pero no debemos olvidar por eso al Irak de la Guerra del Golfo, Somalía, Bosnia, Haití, Kosovo y otros tantos episodios de bombardeos y diplomacia coercitiva de los 90’s. En lo que respecta a las agencias de la burocracia norteamericana, el Pentágono era cada vez más relevante en la formulación de política exterior frente a la Secretaría de Estado desde la última administración Clinton. Sorprendentemente, George W. Bush inició su mandato con la intensión de restar relevancia a la proyección global de Estados Unidos y mirar con más atención a la región y la política doméstica. El 11-S tuvo aquí un efecto surrealista, transformando la formada opinión de muchos asesores respecto del rol norteamericano en el mundo y provocando la incorporación de los ‘neoconservadores’ al círculo de asesores del Presidente.

Por último, la idea de que el mundo iba a estar signado por enfrentamientos de carácter cultural, también estaba presente antes del 11-S. La caída de la URSS había dejado de manifiesto las diferencias que dividían a muchas sociedades y habían permanecido cubiertas bajo un manto ideológico. Los enfrentamientos en toda la periferia de la actual Federación Rusa y en su interior, así como muchas guerras civiles en África y Asia, acusaban causas étnicas, culturales y religiosas. El 11-S tuvo su impacto en este relato culturalista, situando a los yihadistas islámicos en una vereda y al secularismo occidental en la otra como la dialéctica global entre amigos y enemigos, violentos y pacíficos, revisionistas y statuquistas. Lo cierto es que mucha gente en todo el mundo sufrió injustamente las consecuencias de la discriminación derivada de esta concepción del conflicto tras el 11-S.

 Las consecuencias mediatas o no esperadas del 11-S

El hecho de que el terrorismo islámico se convirtiera en una amenaza más relevante, las poblaciones occidentales estigmatizaran al mundo musulmán y los Estados Unidos atacaran militarmente los campos donde los terroristas se entrenaban, era previsibles en el corto plazo. Sin embargo, estas consecuencias inmediatas desataron nuevos procesos que cambiaron notablemente el panorama mundial.

El núcleo de intelectuales neoconservadores, la mayor relevancia de las agencias vinculadas a la defensa y el ánimo beligerante que invadía a la población norteamericana provocó en los años siguientes una notable expansión de los intereses hegemónicos de Washington y un cambio extravagante en su discurso. Se solicitaron notables concesiones a países como Libia, Siria y Paquistán, amenazando a sus líderes e incluyendo a todos los que no aceptaran sus demandas en lo que se daría en llamar extravagantemente el ‘Eje del Mal’. Los neoconservadores decían que el momento unipolar debía ser utilizado para aliviar al mundo de amenazas como los regímenes autoritarios que violaban masivamente los derechos humanos, tenían armas de destrucción masiva y albergaban terroristas, dando origen al concepto de rogue state o ‘estado canalla’ que como el de failed state -estado fallido- en los 90’, podía legitimar algún tipo de intervención militar. El blanco perfecto fue Irak, pero también fue la tormenta perfecta.

Con Irak, Estados Unidos se expandió más allá de sus capacidades. Más aún, el traslado de sus capacidades en el Medio Oriente -el CENTCOM- hacia Irak generó problemas importantes en Afganistán. Solo unos años después de la victoria frente a Saddam Hussein, el público norteamericano comprobó que el problema del terrorismo sólo se había trasladado a Pakistán y a otras regiones del mundo con la diáspora de una Al Qaeda fortalecida. Mientras Estados Unidos se estancaba en dos frentes, muchos estados carcomidos por guerras intestinas como Colombia, China, Sri Lanka, Rusia y Uzbequistán aprovecharon la Guerra Global contra el Terror para relajar sus miramientos humanitarios y fortalecer su situación política doméstica.

Por último, Estados Unidos debió financiar importantes déficits a partir de la generación de deuda. En otros términos, las fuerzas que se concentraron en el motor militarista de los 00’ debieron tomarse inevitablemente de aquellas que proveían estabilidad y crecimiento genuino a la economía.

En suma, hay al menos dos grandes consecuencias no previsibles del 11-S. La primera fue política: como muchos ‘realistas’ vaticinaban desde 1991, los Estados Unidos en algún momento se verían tentados a utilizar su superioridad militar y en ese momento, como producto de la amenaza percibida, el resto comenzaría a balancearlo. Aunque esto no sucedió en los90’y pudo haberse evitado incluso después de los atentados, se produjo tras la invasión a Irak.

La segunda fue económica: los costes de una guerra prolongada redujeron la brecha económica, particularmente con China, que al mantener un cambio devaluado no sólo se convirtió en las segunda economía del mundo y primer tenedor de bonos americanos, sino que muchos estados, particularmente del Sur -más particularmente los BRICs-, disfrutaron de los dividendos de este ascenso -a través, por ejemplo, del incremento en el precio de los commmodities- y del descenso norteamericano, generando sus propios polos de desarrollo.

Fenómenos no atribuibles al 11-S

Aunque el relato que hemos comentado hasta aquí otorga gran relevancia al 11-S y a la política exterior norteamericana para explicar el mundo actual, es cierto que algunas perspectivas críticas y no-americanas otorgan menos relevancia al fenómeno.

Podemos pensar, por ejemplo que las principales agendas de estos últimos veinte años, como el intervencionismo humanitario, la Guerra Global contra el Terror, la coordinación financiera en el marco del G20, los esfuerzos contra el Cambio Climático, etc. reflejan profundos cambios en los valores del orden internacional y global, tanto en sus aspectos jurídicos como morales y que este cambio fue absolutamente independiente de los atentados. Desde esta perspectiva, aunque los años 00’ innegablemente reflejan una decadencia norteamericana, esta se debería a la pérdida de liderazgo de Washington -no necesariamente de dinero ni potencial militar- y al cambio en las ideas y normas hacia un mundo que Andrew Hurrell caracterizaría como más liberal y solidario.

Desde un punto de vista radicalmente distinto, podría pensarse que los veinte años posteriores a la caída del Muro de Berlín habrían sido lisa y llanamente un retorno más o menos aggiornado al imperialismo del capital bajo formas menos dependientes de la estructura estatal. Estas lecturas neomarxistas del proceso probablemente hayan encontrado un impasse con la actual crisis económica, pero seguramente no consideraban al 11-S como un fenómeno relevante en su historia de transformación y regeneración del capital global.

Sin embargo, aunque podríamos mencionar un sinfín de teorías que otorgan poca o ninguna relevancia a los atentados del 11-S, las interpretaciones más difundidas de estos últimos diez años coinciden en que estamos viviendo una nueva era en la política internacional, más o menos directamente, como consecuencia de aquel fatídico episodio.

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El autor es Becario Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Profesor Asistente de “Política Internacional Contemporánea” e “Introducción a las Relaciones Internacionales” en la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina (UCA) y estudiante de la Maestría en Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Contacto: llschenoni@gmail.com

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