¿Por qué Obama no puede explicarse a sí mismo?


Política y gobierno

Los peligros de admitir la orientación realista de su política exterior, suponen para la Administración Obama importantes dificultades a la hora de explicar sus acciones en el extranjero

Sin lugar a dudas, el actual Ministro de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos, John Kerry, se encuentra hoy a la cabeza de un barco de impecable reputación; lo anterior, visto y considerando la falta de mayores equivocaciones provenientes de su oficina.

Incluso, parecería posible afirmar que se trata de un Secretario de Estado organizado y disciplinado, aunque también, de un enérgico tomador de riesgos, capaz de sumergirse en intensas negociaciones con los más altos mandos de la República Islámica de Irán y, mientras tanto, forzar a israelíes y palestinos a que tomen un lugar en la mesa de negociaciones –iniciativas que bien podrían significar su fracaso y arruinar su reputación-.

Por contraste, el déficit de riesgos asumidos por su precursora en la Administración Obama, Hillary Clinton, le han valido a esta última recurrentes acusaciones acerca del uso interesado que atribuyó a su posición pasada como Secretaria de Estado, para simplemente pulir su curriculum vitae en el camino hacia la preparación de su carrera presidencial.

No obstante aquello, hay una cosa en la que Kerry no ha sido verdaderamente bueno, y esto es -nada más y nada menos – que explicar lo que está haciendo y por qué al público de los Estados Unidos de América.

¿De qué manera las negociaciones con los altos mandos iraníes se enmarcan en un plan estratégico más amplio? ¿Qué tipo de vinculación tienen las conversaciones con Irán respecto de aquellas que toman lugar entre Israel y Palestina? ¿Cuál es la relación existente entre ambas negociaciones en Oriente Medio y la estrategia de Estados Unidos en Asia y Europa? En este sentido, la Administración Obama no ha sabido otorgar al público estadounidense más que una escasa penetración en cualquiera de tales asuntos.

Ahora bien, ¿qué provoca que el gobierno de los Estados Unidos no pueda brindar mejores explicaciones acerca lo que está haciendo?

Reflexionemos. A primera vista, los deseos del equipo de Obama de derrocar a la ‘‘dictadura asesina’’ en Siria -negándose a intervenir militarmente de manera fundamental- y su marcada vacilación para concretar un acuerdo con la nueva dictadura militar en Egipto, a pesar de que no se opone por completo al nuevo régimen en El Cairo, evidencian sus intenciones por seguir una política exterior de cuño más internacionalista liberal, que le posibilite continuar con la tradición de los anteriores gobiernos demócratas.

Sin embargo, no sólo pareciese sentirse avergonzado por tales acciones si no que, dando un paso más, se encuentra actualmente en la búsqueda de una política exterior propia del realismo conservador y característica de las anteriores administraciones republicanas como las de Richard Nixon y George W. Bush.

Esto último, probablemente se deba a que mientras el realismo busca responder al interrogante acerca de cómo lidiar con los hechos tal como existen en el terreno, con el objetivo de preservar el poder norteamericano, el internacionalismo liberal se trata, por contrario, de tomar riesgos con respecto a los hechos con el fin de buscar un mundo mejor.

En concreto, el Presidente Barack Obama y el Secretario de Estado John Kerry pareciesen tener miedo de que una intervención militar de los Estados Unidos en Siria terminase contribuyendo a enaltecer un régimen de tendencia jihadista o que, por el contrario, Siria pudiera desintegrarse, dando resultado a una anarquía aún peor. Como resultado de lo antedicho, Obama y Kerry terminan haciendo muy poco.

Por otra parte, el gobierno norteamericano sabe que si quiere consolidar su giro hacia el Pacífico, también debería tratar de ‘‘poner en orden’’ la casa diplomática de los Estados Unidos en el Medio Oriente, aunque aquello significase apoyar, de manera reticente y en silencio, el nuevo gobierno en El Cairo.

Resultado de lo anterior, la elección en Egipto no puede ser simplemente interpretada como una entre dictadura y democracia, sino entre un régimen islamista que podría resultar hostil a los propósitos norteamericanos y un autoritarismo militar que podría ser indirectamente útil para los intereses occidentales y tornar más factible la búsqueda de un acercamiento con Irán y un acuerdo entre israelíes y palestinos.

Aun así, explicar públicamente algunas de las acciones emprendidas debería resultar relativamente fácil. En lo que respecta a Egipto, toda la administración podría sostener que ‘‘se brindará apoyo a la democracia en lo que podamos y  a la estabilidad donde debamos’’. En cuanto a Siria, podría advertirse acerca de los peligros impredecibles que supondría una intervención armada. Por último, las acciones en torno a Irán e Israel-Palestina pueden ser justificadas en términos de metas más grandes de los Estados Unidos en el Medio Oriente y Asia. Así, cuanto mayor sea la paz en Oriente Medio, más podrán los Estados Unidos concentrarse en Asia, el centro geográfico de la economía mundial actual.

Sin embargo, dado que pareciese imposible admitir que un gobierno demócrata liberal haya terminado persiguiendo una política exterior que – no obstante moderada- bien puede ser tildada como de naturaleza republicana, el equipo de Obama se ha mantenido prácticamente en silencio.

Así las cosas, e incluso a pesar de que Hillary Clinton se mostraba como una fiel adversa al riesgo, a diferencia de Kerry, ella explicó lo que estaba haciendo. Su “pivote” hacia Asia pudo haber sido efectivamente atacado por algunos expertos. Sin embargo, nadie se atrevería a negar que se trató de una concepción estratégica original y que ella, de hecho, supo explicarlo mejor que lo que Kerry ha sabido explicar lo realizado hasta el momento.

De tal modo, y pese a que Obama goza de buenos instintos realistas, el actual gobierno no ha dispuesto de una estrategia que haya sido capaz de explicar al público; lo preocupante, en este sentido, resulta ser que sin una estrategia el presidente demócrata pudiera llegar a perder influencia ya que, en la actual era de los medios de comunicación, el poder no se limita simplemente a los hechos y capacidades, sino también, a aquello que es sostenido retóricamente.

Ronald Reagan, por ejemplo, fue un poderoso presidente, en gran parte, debido a su elevada retórica. George W. Bush, fue un presidente más débil de lo que podría haber sido, precisamente por su incapacidad para expresarse. Obama, por su parte, es un buen orador, no obstante se ha explicado poco en el ámbito de la política exterior, tornando más débil a la misma a pesar de sus inherentes fortalezas y provocando que, en definitiva, sus opositores en el extranjero terminen teniendo menos respeto por él.

Una vez más, en una era de medios como la actual, la presentación y la marca bien pueden simbolizar el 50 por ciento de un todo – especialmente cuando uno forma parte integral del escenario mundial-. Si este no fuera el caso, los líderes políticos tanto de democracias como de dictaduras nunca darían discursos, por contrario, limitarían estrictamente sus actividades a las reuniones del detrás de escena.

Sin lugar a dudas, Obama tiene en sus manos un provechoso material con el cual trabajar. Basta con mirar el mundo de hoy: China y Rusia, con todos sus problemas y limitaciones, se han convertido en grandes rivales geopolíticos de Estados Unidos en sus respectivas regiones, mientras, el Medio Oriente, es significativamente más inestable de lo que ha sido en décadas, con varios colapsos estatales que han proporcionado un caldo de cultivo para los grupos más extremistas.

Por supuesto, los Estados Unidos no pueden dominar el mundo. No pueden simplemente patear a China de Asia y a Rusia de Europa, como tampoco pueden arreglar las sociedades de Siria y Libia.

Sin embargo, ya fuese apoyando la democracia allí donde sea posible, mediante la preservación de su medida de estabilidad global basada en despliegues aéreos y marítimos en el Pacífico e Índico, o incluso convirtiéndose en el principio de organización para trabajar con Europa contra una Rusia revanchista, los Estados Unidos sí podrían maniobrar de modo tal de modificar más a su favor los equilibrios de poder actualmente presentes en las respectivas regiones.

Mientras tanto, y no obstante todas estas piezas encajen, los miembros de la Administración Obama no serán capaces de accionar sostenidamente en materia de política exterior (y, en consecuencia, brindar explicaciones al respecto), hasta en tanto y en cuanto no incorporen y se atrevan a sostener firmemente las implicaciones filosóficas de la dirección política que ha sido escogida.

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