Competitividad en un contexto global


Competitividad y Desarrollo Local

Federico Trebucq

Magister en Relaciones Económicas Internacionales, Profesor de Economía Política Internacional, Presidente de la Fundación CEIC

Tres hechos sucedidos en los últimos días, pero con antecedentes cercanos en el tiempo, tienen el denominador común que fueron originados en el extranjero pero generan consecuencias económicas y políticas al interior de nuestro país.

En primer lugar, la depreciación del real brasileño afectó el comercio bilateral y  las empresas automotrices locales se vieron – una vez más- obligadas a suspender personal; por otra parte la disminución en el precio del petróleo generó una baja en la demanda de tubos para pozos petroleros que obligo a la empresa Siderca a suspender en lo que va del  año a 3000 operarios, reduciendo el salario al 50%; y finalmente, la depreciación del Yuan chino frente al dólar estadounidense, puso en alerta la economía nacional ante la pérdida de competitividad cambiaria y la disminución en las reservas.

Si bien no son casos aislados, ni mucho menos podemos decir que son parte de un fenómeno reciente, la situación sirve para realizar un diagnóstico del mundo en que vivimos y cuál es el alcance de la toma de decisiones en un contexto globalizado. De estos hechos se desprenden dos consideraciones a tener en cuenta:

La primera, es que la división entre los asuntos internacionales y domésticos es cada vez más difusa, esto quiere decir que lo que sucede fronteras afuera no se encuentra aislado de lo que pasa fronteras adentro y viceversa. La menor demanda brasileña de productos argentinos provocó que las terminales automotrices, que comercian el 60% de su producción con el país vecino,  ajusten su ecuación para no perder rentabilidad y la suspensión es la herramienta a mano para soslayar la amenaza en el corto plazo.

Esta dinámica, podemos decir que es un subproducto de la globalización y está vinculada no solo a la disminución de las barreras nacionales, sino también al accionar de empresas transnacionales que operan mediante cadenas de valor en varios países al mismo tiempo, conectando las sociedades más allá de las relaciones entre gobiernos.

La segunda consideración, es que los problemas no son enteramente políticos ni enteramente económicos, sino que las relaciones entre ambas esferas se condicionan mutuamente y no siempre se resuelven de la mejor manera;  esto implica que a veces el mercado influye sobre las decisiones políticas y otras veces la política condiciona el desarrollo de los negocios. Si bien la pérdida en el valor de las reservas no es realmente significativa (125 millones de USD) es interesante analizar que el origen de este escenario  tiene que ver con el acercamiento político del gobierno argentino con el gigante asiático, que promovió el swap realizado durante el año 2014 y principios del 2015, mediante el cual el China contribuyó a las reservas del Banco Central con el equivalente en yuanes a 7.000 millones de dólares.

Asimismo, ante el caso de las suspensiones, es importante mencionar la situación altera las relaciones  laborales generando un problema para los dirigentes políticos y sindicales que deben tomar cartas en el asunto.

Estas problemáticas desembocan en la pérdida de competitividad internacional de nuestra economía, concepto que tradicionalmente se define por la participación relativa en las exportaciones globales, por lo que tradicionalmente la disminución en los costos de producción, caracterizado por salarios bajos y un tipo de cambio elevado, era la estrategia más frecuente, sobre todo en países en vías de desarrollo.

No obstante, la dimensión más compleja del comercio internacional y su importancia en el desarrollo económico, el surgimiento de sectores dinámicos como es el caso del comercio de servicios y las industrias del conocimiento obligan a repensar la estrategia de competitividad, si se quiere hablar en serio sobre el mantra del crecimiento a “largo plazo” y no estar sujeto a condiciones impuestas por la coyuntura.

Para encontrar una solución a estos problemas es pertinente abordarlos desde su propia complejidad; vivimos en un mundo donde los aspectos domésticos e internacionales son parte de un mismo fenómeno que integra de manera conjunta las relaciones entre política, economía y sociedad. ¿Cómo podríamos pensar entonces que la competitividad se reduce solo a una cuestión de salarios o de tipo de cambio?

Dada la naturaleza compleja de la problemática, la solución -por definición- también debe serlo. Es decir, debe incluir una construcción que supere el ámbito de la política y el ámbito de la economía para aportar una estrategia eficiente.

En este sentido, la perspectiva sistémica de la competitividad nos propone un enfoque que involucra a todas las instancias de toma de decisión, dejando de lado la dependencia exclusiva de salarios bajos y tipo de cambio para enfocarse en una competitividad vinculada a  saltos cualitativos en la producción, incorporando mayor contenido tecnológico en las actividades y servicios. En definitiva y simplificando para fines ilustrativos, la diferencia entre vender por ser barato o vender por ser eficiente.

Para alcanzar este nivel de autonomía es necesario generar consensos amplios en la sociedad sobre cuál es el rumbo de las políticas de desarrollo económico y social.

Que el gobierno nacional otorgue un marco de políticas macroeconómicas previsibles, con un tipo de cambio estable y que permita las condiciones para atraer capitales.

Que los gobiernos provinciales y municipales generen políticas sectoriales que contribuyan a formar encadenamientos productivos y relaciones de interdependencia, que permitan integrar conocimiento a los procesos productivos dando lugar a una diversificación vertical y horizontal de actividades y servicios.

Y que todo este contexto sirva a las empresas para ser más eficientes, para que generen confianza en el desarrollo de los negocios y que encuentren incentivo en la reinversión de utilidades.

Mediante la articulación de estos niveles de decisión la  competitividad será crecientemente genuina y otorgaría mayor autonomía para las políticas de desarrollo. Esto lleva a  promover una mayor integración y eliminar el riesgo de la acción aislada, a desarrollar actividades que sean demandas por su necesidad y disminuir la dependencia a los flujos externos, como es el caso del precio del petróleo o de la soja.

Un error frecuente es pensar que el otro tiene la culpa: “que la política no genera los incentivos suficientes”, “que los empresarios tienen un enfoque rentista”, “que las universidades y centros de estudio no están actualizados con los problemas de la sociedad”, sin embargo parece claro que un contexto globalizado, la articulación de esfuerzos y la organización de los actores sociales sobre objetivos consensuados de largo plazo, es la única alternativa para ser competitivos en mundo interdependiente.

El autor es Presidente de la Fundación Centro de Estudios Internacionales Contemporáneos

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