A 200 años del nacimiento de Karl Marx


Política y gobierno

Gonzalo Fiore Viani

Abogado por la UNLZ. Maestrando en Relaciones Internacionales por el CEA. Investigador de la Fundación CEIC.

El 5 de Mayo pasado se cumplieron 200 años del nacimiento de Karl Marx. La influencia del filósofo alemán, tanto en el campo político como intelectual o académico, es inconmensurable. Hoy, es posible leerlo y estudiarlo sin la pesada losa del “socialismo real” o las experiencias totalitarias del Siglo XX. Si algo es innegable, es que el alemán acertó en diagnósticos sobre las contradicciones sociales y económicas que conlleva el capitalismo global, por poner un ejemplo: en 2017, el 82% de la riqueza en el mundo fue a parar a manos del uno por ciento más rico del planeta.

Ya liberado de las catástrofes colectivas que muchos causaron en su nombre, si bien sus ideas respecto del supuesto fin del capitalismo y el surgimiento de una sociedad sin clases hoy suenan desfasadas y parecen formar parte de la ciencia ficción, su obra arroja luces sobre el funcionamiento del sistema capitalista, sus crisis y sus recuperaciones. Y tanto por opción o por oposición, influyó a todos los que de alguna manera quisieron explicar después suyo la dinámica de la economía y las sociedades capitalistas.

Marx explica su teoría del ciclo capitalista con gran detalle y complejidad en el tercer volumen de El Capital, donde documenta el ciclo del boom, y la posterior recesión del sistema, en tanto y en cuanto el ciclo medio del capitalismo queda determinado por la reinversión periódica del capital fijo, se siguió repitiendo en gran cantidad de ocasiones hasta hoy. Si bien el economista soviético Nikolaii Kondatriev –fusilado en 1938 por el régimen de Stalin- fue quien desarrolló la teoría de las ondas con los posteriores aportes de Joseph Schumpeter, la obra de Marx es imprescindible para situar la cuestión desde otra perspectiva, es decir, lo que en economía se denomina “crisis generales de valoración”, que se resuelven mediante transformaciones profundas y radicales del proceso de subsunción del trabajo por el capital. Sin los aportes del alemán sería imposible comprender en su total dimensión a las grandes crisis financieras, tanto la que se produjo tras el crack del 29 como la más reciente del 2008, así como también las posteriores recuperaciones del sistema.

Aunque los marxistas hayan equivocado en las soluciones, podríamos decir que Marx acertó e incluso se adelantó a muchos de los diagnósticos. Decir que el poder económico manda sin necesidad de asistir a las reuniones de gabinete de los gobiernos es uno de los lugares más comunes y no por ello menos ciertos del debate político en lo que va de Siglo XXI. Aunque hablar del Estado como un agente de la burguesía, como decía el alemán, podría sea una simplificación, es interesante la contradicción existente entre el poder político surgido de la voluntad popular y la capacidad de ejercerlo, es decir, la tensión constante entre la política y los poderes económicos que no necesitan de elecciones para influir o directamente tomar las decisiones. Es innegable el impacto del análisis de Marx, también, en lo que concierne a la compleja relación entre la democracia y el mercado, entre el poder político y el económico.

Karl Marx creía que la revolución se iba a dar indefectiblemente en los países desarrollados, industrializados, y por lo tanto dotados de una gran masa proletaria, como era el caso de Inglaterra o Alemania. Sin embargo, Lenin se encargó de refutar esto antes que lo hiciera la realidad misma: en su ensayo de 1916, titulado “El imperialismo etapa superior del capitalismo”, expresa que aún le queda cuerda al capitalismo, una cuerda que Marx creía mucho más corta. En dicho libro, Lenin, con una actualidad que impresiona, afirma que el imperialismo, mediante la exportación de capitales con el objetivo de conquistar nuevos mercados así como también fuentes de materias primas, producía ingresos extraordinarios que serían útiles para comprar voluntades de dirigentes obreros, además de producir una segmentación entre las clases proletarias con el surgimiento de una “aristocracia obrera” que sería cómplice del sistema capitalista y serviría para su perpetuación. Por lo tanto, la revolución solo podría producirse en enclaves coloniales o semi-coloniales, en países rurales faltos de modernización –como la Rusia de 1917, o la China de 1949-, o en las denominadas periferias.

Sin embargo, ni Lenin ni Marx fueron capaces de prever que la cuerda del capitalismo era extremadamente larga, a 200 años del nacimiento de quien quizás fuera el teórico más importante del Siglo XX, a pesar de que no sobrevivió al XIX, el capitalismo se encuentra en una fase vital de expansión y globalización extremadamente superior a la que pudiera haber podido imaginar cualquier pensador hace cien o incluso cincuenta años. Más allá de retrocesos fugaces y algunas voces críticas contra la globalización –que esta vez no vienen de la izquierda tradicional ni tampoco de las periferias, sino de movimientos populistas como el Frente Nacional francés o Donald Trump en los Estados Unidos cuyos electorados principales son los trabajadores desclasados-, el capitalismo en su fase financiera y globalizadora hoy parece imparable e irreversible, con sus ganadores y perdedores.

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