Colombia en la OTAN. Hechos para razonar


Política y gobierno

Alberto Hutschenreuter

Doctor en Relaciones Internacionales. Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas.

Finalmente, Colombia ingresó a la OTAN en calidad de “socio global”; un segmento que habilita la Alianza político-militar para países que no se encuentran ni en América del Norte, ni en Atlántico norte ni en el espacio europeo occidental, central y oriental, pero que demandan cobertura estratégica de la misma como asimismo cooperación, entrenamiento, asimilación de nuevos enfoques en materia de confrontación militar, etc.

Hace tiempo que el país del norte de Sudamérica aspiraba a ser parte de la OTAN. Desde tiempos de Uribe hasta la actual presidencia de Santos, Colombia deseaba coronar su occidentalismo con una “pertenencia” a la entidad de poder estratégico-militar occidental por antonomasia que no solo triunfó en la Guerra Fría, sino que continuó una vez terminada la contienda, hecho que tal vez ha implicado una “anomalía internacional”.

Ese occidentalismo sin cortapisas alcanzó su mayor expresión con la asistencia de Estados Unidos al combate contra el narcotráfico, la participación de este país en múltiples misiones de paz “onusianas”, el apoyo a intervenciones de Occidente en conflictos, la condena a Rusia en el seno de la Asamblea General de la ONU por la anexión de Crimea, etc.

En principio podemos decir que es una decisión legítima, soberana y plenamente atendible en relación con la ubicación geográfica del país, pero sobre todo y en clave realista en relación con la ubicación geopolítica, una realidad que en buena medida escapa a la soberanía de Colombia y de cualquier otro actor que se encuentre dentro del espacio de intereses de Estados Unidos, esto es, Centroamérica, Caribe y norte de Sudamérica, el “Mare Nostrum” estadounidense.

Si consideramos únicamente esta última situación, casi nada queda por decir respecto de las posibilidades geopolíticas autónomas de Colombia. En el mundo hay países que por su cercanía a un poder mayor son “pivotes geopolíticos”, es decir, quieran o no, tienen restringida su capacidad en aquellos campos donde comienza el interés de dicho actor preeminente.

Pero más allá de ello, Colombia quiere ser parte de la OTAN; por tanto, frente a una decisión propia y un hecho consumado, consideremos algunas cuestiones que tal vez ayuden a disponer de un cuadro más amplio y crítico sobre la decisión adoptada por el gobierno colombiano.

 

En primer lugar, el presidente Juan Manuel Santos sostuvo que “el ingreso mejora la imagen de Colombia y le permite tener mucho más juego en el escenario internacional”.

Frente a esta aseveración deberíamos preguntarnos por qué incorporarse a la OTAN acarrea mejoramiento de la imagen del ingresante. Desde Occidente la OTAN aparece como un policía heroico por haber eliminado a “los malos” y por continuar persiguiendo a “nuevos malos”. En breve, un garante del orden y la justicia. ¿Lo es verdaderamente?

Arrogándose “dividendos de la victoria” y acaso realizando interpretaciones amplias de la Carta de la ONU en relación con el amparo y la seguridad internacional, organización que “saltó” cuando intervino en la guerra de Kosovo, la OTAN consideró que su misión tras la caída de la Unión Soviética era impedir el surgimiento de una nueva Rusia que tarde o temprano sería geopolíticamente revisionista. No cabía otra posibilidad. Dado el “instinto territorial salvaje de este país indómito”, una vez más había que desplegar en su frente occidental un “cordon sanitarie” de carácter preventivo. Y había que hacerlo rápidamente, mientras el país se encontraba estratégicamente frágil.

Como consecuencia de esta “convicción estratégica”, la OTAN se fue ampliando en sucesivas olas hasta situarse casi en el inmediato oeste de Rusia. Solo la reacción militar de Moscú, primero en Georgia y luego en Ucrania, países que se encontraban a un paso de ser incluidos en el Membership Action Plan (MAP) de la Alianza, logró evitar que el país se encontrara rodeado, asediado y quebrado en relación con su profundidad estratégica.

También como consecuencia de esa convicción, hoy el número de muertos en la zona este de Ucrania supera los diez mil, mientras que el grado de acumulación militar por parte de la OTAN y Rusia desde el Báltico hasta el Mar Negro, el “nuevo ámbito sensible del globo”, ha empujado a los analistas y planificadores estratégicos a considerar posibles teatros de querellas militares con violencia variable (QMVV) entre la OTAN y Rusia, algo que, de ocurrir, disminuiría sensiblemente la seguridad internacional y hasta podría disparar conflictos en otras zonas. Un “apagón estratégico” con consecuencias impredecibles.

Esta posibilidad de inestabilidad fue la que ha llevado a expertos occidentales de escala, insospechados de postular idealismo alguno, por caso, los desaparecidos George Kennan y Kenneth Waltz, y más recientemente Mearsheimer y Henry Kissinger, a desaconsejar de plano extender la OTAN más allá de lo recomendable; es decir, ser prudentes para distinguir dónde acaban los intereses de Occidente y dónde comienzan los de Rusia. Los realistas saben que existen “marcas geopolíticas rojas” que no se deben ni se pueden infringir.

En breve, la decisión expansionista de la OTAN colocó a Europa, cuyos Libros Blancos de Defensa nacionales elaborados antes del conflicto Rusia-Ucrania prácticamente desdeñaban la posibilidad de tensiones interestatales clásicas en Europa, frente a un escenario de tensión creciente, y nada más y nada menos que ante Rusia.

Por otra parte, en su rol de “global-cop” la OTAN consideró que debía intervenir en las revueltas árabes con el fin de proteger a las poblaciones que quedaban indefensas ante la revuelta civil. Precisamente, ese fue el propósito de su intervención (autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU) en Libia.

Pero apenas comenzada la intervención los aliados occidentales trocaron ese objetivo por otro muy diferente: los países de la OTAN establecieron una zona de exclusión aérea y atacaron a las fuerzas del régimen, con las consecuencias ya sabidas y la deriva del país norteafricano hacia una situación de fisión que recuerda la era pre-Kadafi, aunque aumentada en el grado de violencia. Como bien sostuvo Alan Kuperman en un interesante artículo en la revista Foreign Affairs: la intervención quebrantó la cooperación con Rusia en la ONU, alimentó la guerra civil, convirtió al país en un refugio y cantera del terrorismo e incluso socavó la lucha contra la proliferación de armas de exterminio masivo.

Ese cambio de misión clausuró cualquier posibilidad de “consuno estratégico” entre los poderes preeminentes en la ONU en relación con preservar la seguridad de los pueblos en ambientes de guerra; por caso, Rusia y China, acompañados por Brasil, Sudáfrica e India, vetaron sanciones a Siria, así como el establecimiento de una zona de exclusión aérea en este país. Como consecuencia de ello, hoy en Siria el número de muertos posiblemente haya traspasado las 400.000 personas y el caos humanitario no solamente es el peor en décadas, sino que ha provocado externalidades regionales y extra-regionales, particularmente en la Unión Europea, donde en buena medida debido a ello en algunos países aumentó el nacionalismo y el autoritarismo.

En relación con el supuesto “mejor juego” que tendrá Colombia en el mundo, no se puede decir que ello haya pasado con los miembros plenos europeos e incluso con el “primus inter pares” de la Alianza, parapetado entre océanos. Asimismo, es discutible que exista una relación directa entre la categoría “socio global” y buen desempeño internacional. El desempeño de Australia, por ejemplo, está más relacionado con su propia línea de inserción internacional que con su papel como “socio global” en la OTAN. De otros socios, por caso, Irak o Afganistán, no hay mucho para agregar: producto de su situación de Estados-colapsados, ambos se encuentran des-insertados en el mundo.

¿El terrorismo en Europa es resultado de su pertenencia a Occidente o de su condición sub-estratégica en una OTAN intervencionista? ¿Es una casualidad que los principales acompañantes europeos de Estados Unidos en sus ataques y expediciones al mundo (principalmente) árabe hayan sufrido ataques perpetrados por el terrorismo de cuño islamita? ¿Ha contribuido la OTAN a disminuir el viejo sentimiento de humillación en los países árabes o lo ha exacerbado con sus repetidas injerencias?

A la luz de los hechos, ¿ser socio global o miembro pleno de la OTAN mejora la imagen de un país y le permite tener mucho más juego en el escenario internacional, o la centraliza como perteneciente a un espacio político-militar que se ha arrogado misiones y acciones no siempre autorizadas, que disminuyeron la estabilidad internacional y aumentaron la inseguridad nacional de sus miembros?

Por otra parte, en 2010 en la cumbre de Lisboa la OTAN adoptó un  “Nuevo Concepto Estratégico”. No se trató de una modificación relativa con el carácter defensivo tradicional de la Alianza, que, por cierto, ya había comenzado durante los años ochenta, en plena Guerra Fría. A partir de la nueva concepción, el teatro de operaciones de la OTAN pasó a ser el mundo y sus misiones asumieron un carácter multidimensional.

Esta “nueva realidad estratégica” de la OTAN introduce un factor de inquietud en relación con lo que siempre ha sido un interés estratégico mayor por parte de todo actor preeminente: la preservación de recursos y la “garantía a sus accesos”, cuestión que cobra nueva relevancia ante el advenimiento de una disrupción que altere la oferta y la demanda en todo el entramado de bienes, como advierte Dambisa Moyo en “El ganador se queda con todo”, una detallada investigación sobre el apetito chino sobre las materias primas. En tal caso el mundo se encontraría “ad portas” de un ciclo de “imperialismo de recursos”.

En este cuadro, no se puede descartar que los países poderosos nucleados en Alianzas sigan el “modelo chino” en materia de expansión de intereses económicos y afirmación en áreas selectivas del mundo, aunque de un modo más intervencionista y militarizado, es decir, asegurando que dichas áreas no corran riesgos que afecten sus intereses.

Yendo un poco más allá, dichos riesgos no solo implicarían poderes fácticos como el terrorismo, sino el propio mal desempeño o el aislacionismo por parte de los Estados en la gestión de sus propios recursos. Algo de esto ya ha sucedido en Irak, por caso.

¿No implicaría esta tendencia una amenaza para los ricos países de América Latina, donde desde hace tiempo se encuentran instalados los tres miembros más fuertes de la OTAN (ocupando uno de ellos parte del territorio argentino y explotando sus recursos oceánicos)?

Por último, otra de las dimensiones que podrían habilitar intervenciones de la “nueva OTAN” es la cuestión de las drogas, sobre todo considerando que el país líder de la Alianza mantiene un enfoque del problema centrado en la oferta más que en la demanda. Por tanto, ¿qué podría suceder con países como México u otros de América Latina, incluida la misma Colombia, donde el poder del Estado ha sufrido erosión frente al poder creciente de los carteles?

Colombia corona su occidentalismo y su cooperación con Estados Unidos incorporándose al instrumento político-militar mayor de Occidente, la OTAN. Pero como hemos visto, es cuanto menos dudoso considerar que el ingreso proporcionará seguridad al país y coadyuvará a mejorar el rol de ese país en el mundo.

La OTAN es un poderoso engranaje de poder y de defensa de intereses a escala global, no una organización intergubernamental con fines asociados a la paz y la seguridad global. Los hechos en los sitios bajo mayor tensión y fragmentación en el mundo lo muestran: ha sido la Alianza la que ha provocado la “primera sangre” ante Rusia, convirtiendo esa zona tradicional de tensión que es Europa centro-oriental en uno de los tres escenarios más inestables del globo; y ha sido su accionar en nor-Äfrica la que socavó la cooperación internacional ante nuevos conflictos, y hasta resultó funcional para el accionar o readaptación del terrorismo transnacional.

Pero son también los posibles cursos multidimensionales, globales y en clave intervencionista de la OTAN los que despiertan interrogantes.

La ubicación geográfica de un país y la preferencia internacional del Estado puede a veces obstruir el razonamiento estratégico. ¿Ha sucedido esto en Colombia?

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