La irrupción de nuevos partidos, la atomización de las preferencias y la presión de las grandes ideologías


Política y gobierno

Javier Boher

Sociólogo y Polítologo. Director del área de Política y Gobierno y Director de la Diplomatura en Política y Gobierno de la Escuela de Globalización y Relaciones Transnacionales.

El sistema político argentino está en una profunda crisis, tratando de liberarse del corsé en el que lo pusieron hace ya décadas. La atomización de las preferencias ideológicas impone la necesidad de repensar muchas definiciones sobre el funcionamiento de la democracia y los partidos que la integran.

A fines del siglo XIX, cuando algunos puñados de personas peleaban por la universalización del voto y la expansión de derechos, el partido que centralizaba el poder era el Partido Autonomista Nacional, bajo la conducción de Julio A. Roca. Antes de que fuese muy clara la diferencia, liberales y conservadores de la alta sociedad coexistían en el mismo espacio.

Por lo poco clara de la diferencia, el liberalismo se integraba también con los dos partidos que comparten el privilegio de ser los primeros partidos políticos modernos formados en Argentina. Los que aspiraban a romper el cerco participativo que había montado la dirigencia oligárquica eran el Partido Socialista y la Unión Cívica Radical.

En ese sentido, Juan B. Justo aspiraba a lograr un régimen bipartidista similar al inglés, en el que los conservadores materializaran sus aspiraciones en un partido orgánico y popular, y su partido representara los intereses del pueblo trabajador.

La Ley Sáenz Peña arrasó con los planes de socialistas y conservadores. El radicalismo irrumpió como partido de masas, como un movimiento que atrapó a diversas corrientes en su seno. A partir de allí, las distintas identidades políticas se fueron diluyendo en diversos nombres y sellos, situación que empeoró con el surgimiento del peronismo y las manipulaciones a la ley electoral que se han visto lo largo del tiempo.

Desde entonces prácticamente ningún partido representa exactamente un conjunto de ideas claras, sino más bien un conjunto de intenciones o una cosmovisión respecto a las formas que deben primar a la hora de hacer política.

Por eso hay un radicalismo más cercano a la socialdemocracia y otro más conservador. O un peronismo neoliberal que coexiste con uno que se cree revolucionario. Son diversas identidades políticas que encontraron una casa en algún gran partido pero que, tras el cisma de 2001, ya no se sienten tan cómodos viviendo con los padres.

Esas identidades primigenias -el socialismo, el conservadurismo, el liberalismo- hoy están tratando de recuperar su lugar, en combinación con otros elementos que hacen a las formas, sea una cultura democrática o una autoritaria.

Con gran lectura de la realidad Ernesto Sanz planteó que nuestro país se dirige a un sistema de partidos en el que se comiencen a estructurar grandes coaliciones de gobierno que oscilen entre esas tres formas políticas básicas (aunque él prefirió hablar sólo de radicalismo y peronismo).

No parece estar muy errado. El debate político de los últimos meses tiene que ver con situaciones que no pueden ser abarcadas adecuadamente porque los partidos no tienen la coherencia necesaria para hacerlo.

La renuncia de la ministra de educación de San Luis por un acto de índole privada, el debate por la legalización del aborto, la decisión de remover la Virgen de la Facultad de Derecho o el proyecto para remover símbolos religiosos de todos los edificios públicos son algunos de los debates que no pueden tener una resolución clara porque los partidos responsables de discutirlos tampoco tienen una posición unívoca al respecto.

La irrupción del Partido Celeste o el Partido Libertario, el de Unidad Ciudadana o incluso el PRO, contribuyen a la depuración del sistema de partidos, que progresivamente se irá reformulando para poder ofrecer opciones ideológicas un poco más claras y definidas para que las personas elijan. Independientemente de que el contenido de su propuesta pueda ser criticable, su existencia es necesaria.

La gran tarea de la clase dirigente será empezar a adaptar nuestras instituciones, adoptando el marco legal necesario para que la representación sea adecuada. Porque el sistema de partidos puede cambiar solo, pero la forma de gobierno y el sistema electoral necesitan de la voluntad de los que hoy se están extinguiendo.

NOTAS RELACIONADAS
Sobre Javier Boher 3 Artículos
Sociólogo y Polítologo. Director del área de Política y Gobierno y Director de la Diplomatura en Política y Gobierno de la Escuela de Globalización y Relaciones Transnacionales.