La conquista del espacio


Desafíos Transnacionales

Lucas Barreña

Periodismo (UNDAV)

El aterrizaje de la sonda espacial china Chang’e 4 en la cara oculta de la Luna ocurrido el pasado 3 de enero puso en evidencia la vigencia de la lucha por la hegemonía global que trasladó a las potencias a poner en práctica su desarrollo tecnológico por fuera de la órbita terrestre. Estados Unidos y China, principalmente, se miden como dos actores de peso en el nuevo tablero mundial y preparan la colonización del espacio exterior como referencia de un futuro alentador.

El inicio

La carrera espacial será recordada como uno de los grandes procesos ocurridos en el marco de la Guerra Fría que benefició a toda la humanidad. La competencia por la conquista del espacio como eufemismo de superioridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética significó un desarrollo exponencial en materia tecnológica a nivel mundial.

Con el primer satélite artificial lanzado al espacio, el Sputnik I en octubre de 1957, la URSS empezó a demostrar su poderío científico. Dichas cualidades de la nación se agravaron un mes después tras poner a un primer ser vivo a orbitar la Tierra: la perra Laika. Más tarde, enviaron al primer hombre en 1961, a la primera mujer en 1963 y lograron la primera caminata espacial en 1965 a través del astronauta Alexei Leonov.

Por su parte, Estados Unidos buscó una respuesta rápida ante las presiones de su rival ideológico y puso en marcha toda su maquinaria científica: el Proyecto Mercury logró su primer vuelo suborbital con un ser vivo abordo, el chimpancé Ham, en 1961, mientras que el hombre estadounidense llegó a orbitar el planeta recién en 1963. El programa finalizó en dicho año tras la sucesión de Proyecto Apolo, mucho más ambicioso y con un objetivo claro: conseguir la llegada del primer humano a la Luna antes de que terminase la década.

Efectivamente, los estadounidenses Neil Armstrong, Edin Aldrin y Michael Collins alunizaron el 20 de julio de 1969, lo que definió para muchos al gran vencedor de la carrera espacial, pese a los logros obtenidos por la URSS y su posterior colocación de la primera estación espacial en 1971. Sin embargo, durante estos años de enfrentamiento tecnológico, se implementaron organismos, tratados y leyes para regular ésta y posteriores disputas en el espacio exterior.

La regulación del espacio

El 13 de diciembre de 1958, apenas un año después del lanzamiento del Sputnik I, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas estableció la creación del Comité para Usos Pacíficos del Espacio Exterior en Naciones Unidas (COPUOS, por sus siglas en inglés), lo que significó el primer pequeño avance en cuanto a la regulación de las actividades que los Estados puedan llegar a realizar fuera de la Tierra.

No obstante, fue recién en 1967 cuando el organismo logró su primera intervención en materia legal: simultáneamente en Londres, Moscú y Washington D.C., se firmó por triplicado el Tratado del Espacio Utraterrestre, mejor llamado Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes.

El Tratado estableció las pautas para la exploración, utilización y explotación del espacio ultraterrestre, con fuerte hincapié en el compromiso de “no colocar en órbita alrededor de la Tierra ningún objeto portador de armas nucleares ni de ningún otro tipo de armas de destrucción en masa”[i] (Artículo IV). Otros puntos claves del convenio radicaron en la cooperación internacional para la investigación científica con fines pacíficos (Artículo I) y la prohibición de reivindicación de soberanía tanto del espacio exterior como de la Luna y otros cuerpos celestes (Artículo II), reconociendo a estos lugares de interés “para toda la humanidad” y limitando a cualquier Estado de la extracción de recursos para beneficio propio.

Satélites, sondas y estaciones espaciales

Resulta imposible contabilizar la cantidad exacta de satélites enviados a la órbita terrestre a lo largo de la historia. Se estima que fueron lanzados alrededor de 6000, pero su número fluctúa principalmente por aquellos con objetivos espías y militares, muchos de ellos puestos en el espacio en secreto. En la órbita terrestre también se encuentran satélites que fueron enviados para recolectar información para fines más pacíficos, como los 24 del Sistema de Posicionamiento Global (GPS) o los de meteorología, señales de televisión, telefonía e Internet.

Los cohetes descartados, los satélites en desuso y los diversos escombros forman parte de lo que se conoce como chatarra espacial, lo que ocupa un gran porcentaje de los objetos que orbitan la Tierra. En palabras del jefe de los científicos de la NASA Jer Chyi Liou, “la cantidad total de material que está dando vueltas a nuestro planeta supera las 7600 toneladas”[ii].

Otros elementos fueron enviados desde la Tierra hacia el espacio exterior en todos estos años. Un ejemplo del éxito y capacidad de la ingeniería estadounidense es la sonda robótica Voyager I, lanzado en septiembre de 1977 y que hoy en día sigue operando desde un lugar impensado: en 2012 dejó atrás la heliopausa y se convirtió en la primera en alcanzar el espacio interestelar, lo que la acercó a la puerta de salida del sistema solar. Otro aspecto llamativo de esta sonda, al igual que el resto de las Voyager, es la tenencia de un disco dorado de gramófono con información grabada sobre nuestro planeta que anhela con entrar en contacto con civilizaciones extraterrestres.

Sin embargo, el mayor logro en esta conquista del espacio que pregona la labor en conjunto de la cooperación internacional se remonta a 1998, en lo que fue la materialización de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), administrado y gestionado por las agencias de Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá y Europa. Este carácter de mancomunidad es un claro ejemplo del cambio de paradigma de lo que fue la bipolaridad de la Guerra Fría, reflejado en su composición de dos sectores: el Segmento Orbital Ruso y el Segmento Orbital Estadounidense.

Todos estos garantes de la paz y seguridad internacional, sin embargo, parecen empezar a dilucidarse con el paso de los años. El avance de la tecnología y la ingeniería espacial, por más que cesó su intensidad en comparación con la época de la carrera espacial, se produce en pasos agigantados y nuevos actores comenzaron a involucrarse en la conquista del espacio exterior. Por su parte, el Tratado está siendo dejado de lado y hoy en día parece un documento anacrónico que no se amolda a las necesidades de la actualidad.

La lucha por el poderío espacial

Luego de la hegemonía soviética en las décadas del 50 y 60, el éxito del Programa Apolo supuso un nuevo orden en el mandato espacial. Estados Unidos prevalece hasta día de hoy como la potencia que más desarrolla su capacidad tecnológica fuera de la órbita terrestre, ayudado por las mínimas diferencias de postura de los distintos gobiernos democráticos y republicanos que se suceden que crearon una política de Estado en donde la supremacía espacial es vital.

Plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002 y 2006, la doctrina second-to-no-one detalla la convicción de que EE.UU. no puede estar en inferioridad militar con ningún otro país del planeta. Los riesgos que supone exponer sus defensas ante una posible guerra nuclear se transformó en el argumento preferido por los norteamericanos después del 11-S para desarrollar un escudo antimisiles que proteja sus infraestructuras satelitales. Esta política tomada bajo la administración Bush fue tildada por el resto de la comunidad internacional como un punto de partida para la armamentización del espacio.

La doctrina Obama, en cambio, fue mucho más abierta a la cooperación global y multilateral, pero sin olvidarse de que Estados Unidos siempre tiene que estar delante del resto en materia militar. Por otra parte, potencias como China y Rusia comenzaron a interiorizarse en el ambiente tras reconocer la importancia del espacio. Localización, comunicación, inteligencia, defensa y destrucción de objetivos, lanzamiento de misiles y un cercano control del cumplimiento de los tratados sobre no proliferación son algunos de los incentivos para que estos dos países comiencen a desarrollar sus propios proyectos espaciales.

Si bien Rusia y la visión imperialista y nostálgica de la URSS que trajo consigo Vladimir Putin intentan recortar la brecha espacial con EE.UU., donde ya impulsó el proyecto ‘Glonass’ como alternativa al GPS estadounidense, son los chinos quienes parecen adelantarse con mucha más contundencia. La primera muestra de su poderío espacial se evidenció en 2007, cuando un misil balístico logró la destrucción del satélite meteorológico Fengyun 1C.

Los ensayos militares con misiles ASAT (arma antisatélite) fueron un duro mensaje para todo el mundo, pero principalmente para Estados Unidos. No obstante, más allá de su potencial sacado a la luz, China prepara a las sombras programas de minería en la Luna y tiene serias intenciones de construir su propia estación espacial, la Tiangong, para 2020, dado que su agencia no forma parte de los administradores de la Estación Espacial Internacional.

La República Popular China y su objetivo lunar

Si bien es sabido que la sobreexplotación de los recursos energéticos de la Tierra derivará en el agotamiento, las estimaciones de la vida útil de estos son alarmantes: con el ritmo de consumo actual, nos quedaremos sin petróleo en 2052, sin gas en 2060 y sin carbón en 2088. El papel que los recursos energéticos tomaron en las sociedades posindustriales es preponderante. Es por ello que, a día de hoy, países como China proyectan la extracción de los recursos fuera de la órbita terrestre.

El 14 de diciembre de 2013, China se convirtió en el único país en colocar en la Luna una nave robótica en lo que va del siglo, con la misión espacial Chang’e 3, tras 37 años sin que un artefacto construido por el hombre llegue al satélite natural. Diversas investigaciones concluyeron en que allí abundan minerales como el magnesio, aluminio, silicio, hierro, titanio y derivados del platino, pero el recurso que más impacta en las necesidades de los humanos se encuentra donde nadie había llegado, en la cara oculta de a Luna: el helio-3 (He-3).

El helio-3 es un isótopo ligero resultante de la actividad del viento solar en la superficie de la Luna no protegida por una atmósfera como la de la Tierra. Expertos aseguran que es perfecto para a fisión nuclear y libre de desechos radioactivos, lo que no pondría en peligro ni a la salud humana ni al medio ambiente. Se calcula que sin demasiada explotación podría abastecer a la Tierra de energía por 250 años, motivo más que suficiente para entender las misiones de agencias espaciales como la de China –aunque también Rusia e India analicen proyectos propios–.

El logro más reciente de las misiones chinas en el espacio tuvo comienzo el pasado 8 de diciembre, cuando la sonda espacial Chang’e 4 fue lanzada hasta llegar a su objetivo de alunizar en la cara oculta de la Luna el reciente 3 de enero. Equipada con cámaras, espectrómetro y demás instrumentos, pretende obtener detalles sobre la composición del suelo del satélite natural, donde investigaciones anteriores subrayaron su riqueza mineral, especialmente del mencionado helio-3, un recurso energético que podría agigantar mucho más el poderío global del país asiático.

La República Popular China defiende sus programas bajo las nulas restricciones para la minería que impone el Tratado del Espacio Exterior, al tiempo que reafirma su oposición a la militarización del espacio en su segundo y último Libro Blanco, publicado en 2016, que trata sobre el desarrollo espacial y sus intereses de promocionar la civilización fuera de la órbita terrestre en clave pacífica y de exploración.

Mientras en Estados Unidos observan con recelo cómo el presidente Xi Jinping, además de arrastrarlos a una guerra comercial, intenta posicionar a China como potencia espacial, su homólogo Donald Trump sabe que lo mejor no es quedarse de brazos cruzados. Es por ello que el republicano firmó una orden para que los astronautas regresen a la Luna, aumentó el presupuesto de la NASA a 19 mil millones de dólares para que envíen un orbitador lunar en 2020, autorizó a empresas privadas como Shackleton Energy Company para futuras explotaciones de recursos en el satélite y, lo más polémico, anunció la creación de un Ejército Espacial.

El Ejército Espacial de Donald Trump

En marzo de 2018, Trump había adelantado su intención de formar una división de las Fuerzas Armadas que se enfocara en el espacio. Su comentario poco formal y hasta ficticio provocó la burla de gran parte de la opinión pública mundial, incluso él mismo luego aclaró que “no hablaba en serio”[iii]. Sin embargo, unos meses más tarde, esa idea quedó en la cabeza del republicano y finalmente se materializó.

En junio, durante la firma de una nueva normativa titulada “Directiva sobre Política Espacial III”, que detalla una serie de indicaciones para regular el tráfico en el espacio, Trump anunció que creará aquella fuerza militar espacial con el fin de garantizar el dominio estadounidense y contrarrestar los avances de China, Rusia y otros países, como Corea del Norte, Irán o India.

Tras 71 años sin establecer un nuevo ejército (en 1947 se creó la Fuerza Aérea), la propuesta del mandatario se centra en especificar las tareas realizadas actualmente por el Comando Espacial, rama supervisada justamente por la Fuerza Aérea, lo que la transformaría en la sexta división de las FF.AA.

Para dejar aún más en claro las intenciones del gobierno estadounidense de crear una Fuerza Espacial, en agosto el vicepresidente Mike Pence presentó en un acto en la sede del Departamento de Defensa un documento de 15 páginas enviado al Capitolio en el que el Pentágono detalló las medidas a seguir para establecer la nueva armada.

El proyecto estipula la creación del Ejército para que en 2020 ya estén operando en “el próximo campo de batalla”[iv]. No obstante, la idea de Trump deberá ser discutida por el Congreso, donde muchos tomaron la propuesta como un esfuerzo burocrático innecesario y costoso, ya que incluye un presupuesto de 8.000 millones de dólares para los próximos cinco años.

No es la primera vez que desde la cúpula estadounidense se discute la creación de un Ejército Espacial. De hecho, en 1999 un documento normativo presentado por el senador Bob Smith contempló la idea y, un año más tarde, Donald Rumsfeld sugirió crear un Cuerpo Espacial dentro de la Fuerza Aérea. Pese a fracasar en ambas empresas, parece que hoy, casi dos décadas después, sus propuestas están cada vez más cerca de convertirse en realidad, sólo falta ver cómo se moldean las actividades del nuevo Ejército Espacial dentro del marco legal.

El espacio como última frontera

La conquista del espacio parece ser el inevitable final de esta lucha de poderes de las potencias, que buscan en la otrora utopía demostrar su superioridad ante el resto para establecerse como hegemonía mundial. Los riesgos que supone esta nueva carrera espacial podrían ser incluso mucho más devastadores de lo que se cree. El desarrollo tecnológico y científico dista mucho de lo que fue en época de Guerra Fría, pero mientras tanto se intentan cambiar las reglas de un juego que podría llegar a ser mortal.

El hecho de que se considere a la amenaza de una guerra nuclear como principal dispositivo de disuasión -incluso más eficaz que los tratados- es un incierto que pone en peligro la existencia de la humanidad. Que las potencias, como Estados Unidos, preparen la militarización del espacio para actividades de autodefensa deja a entrever que existe, por ende, una potencial alerta de ser atacados.

China, Rusia, India y Japón se suman a esta ola colonizadora del espacio exterior, aunque el Tratado del Espacio Ultraterrestre busque prevenir conflictos de escala mayor. A ciencia cierta, no podremos dilucidar el inicio de una guerra espacial, pero el hecho de que cada vez más haya más lanzamientos de satélites espías de localización y sondas recolectoras de información, sumados a los contemporáneos programas de expansión fuera de la órbita terrestre, da la pauta de que la conquista del espacio ha comenzado.

 

Referencias
[i] Artículo 4 del Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes. Disponible en: https://web.archive.org/web/20120530121207/http://www.unoosa.org/oosa/es/SpaceLaw/gares/html/gares_21_2222.html
 [ii] Sue, N. (2018). The quest to tackle the rubbish dump in orbit, en BBC.com, 2 de marzo de 2018. Disponible en: http://www.bbc.com/future/story/20180228-the-quest-to-beat-the-rubbish-dump-in-orbit
 [iii] Wemple, E. (2018). President Trump to Marines: “Ah, that fake news”, en The Washington Post, 13 de marzo de 2018. Disponible en: https://www.washingtonpost.com/blogs/erik-wemple/wp/2018/03/13/president-trump-to-marines-ah-that-fake-news
 [iv] Baldor, L. (2018). Pence outlines US Space Force plan for “next battlefield”, en AP, 9 de agosto de 2018. Disponible en: https://www.apnews.com/4df1085b19d54e9b864e857012fecbb6
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