Reflexiones a 74 años de la rendición nazi


Política y gobierno

Lucas Barreña

Periodismo (UNDAV)

Un 8 de mayo de 1945, nueve días después del suicidio de Hitler, representantes de las fuerzas armadas alemanas firmaron en Karlshorst, Berlín, las actas de capitulación con las que se retiraban de la Segunda Guerra Mundial, poniendo fin a la contienda en el frente occidental; con el posterior consenso social de intentar dejar atrás el racismo y la xenofobia que desde la ideología nazi contribuyeron al desastre, la actual Europa recicló el antisemitismo en islamofobia y el avance de la extrema derecha hacen creer que en el continente nunca ha pasado nada

Alfred Jodl, asesor de Keitel, firma la rendición alemana dos días antes en Reims

“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue, sino que significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”. La cita es una de las más célebres de Walter Benjamin, escrita bajo su exilio del nacionalisocialismo y expuesta por la eternidad en ámbitos académicos. En el capítulo VI de Tesis de Filosofía de la Historia el pensador alemán confía en que el pasado debe ser un faro que ilumine un presente de incertidumbre, pues es en este retorno de la xenofobia europea donde la frase toma valor: conocer los errores de la historia sirve para no volver a cometerlos. Y hacia allí vamos.

En aquel entonces, la República de Weimar –término con el que se denominó al Imperio alemán entre 1918 y 1933– estaba marcada por la inestabilidad económica, política y social. La firma del Tratado de Versalles, en 1919, había puesto en jaque a una Alemania diezmada por la Primera Guerra Mundial que debía reparar económicamente a los ganadores del conflicto bélico. Las deudas contraídas condujeron a un espiral que jamás iba a dejar de pagar y el contexto de hiperinflación se convirtió en el principal malestar alemán.

La aparición de la figura de Adolf Hitler, un líder que transmitía firmeza en sus decisiones y consolidaba el discurso antisemita con el que culpaba a los judíos de todos los males de la nación –desde la posesión de bienes, tierras y oro hasta los mitos de la degradación racial–, se presentó como la única alternativa para el pueblo alemán. Luego de que el Partido Nacionalsocialista haya obtenido una mayoría legislativa en las elecciones de 1933, Hitler puso fin a la inestabilidad del presidente Paul von Hindenburg que designaba y destituía cancilleres por decreto: logró formar gobierno y, luego del incendio del Reichstag, presionó para conseguir la famosa Ley Habilitante, que terminó con la democracia parlamentaria y otorgó todos los poderes al nuevo Führer, dando inicio a la Alemania Nazi.

El resto es historia, pero vale la pena repasarla, sino de lo contrario la frase de Benjamin solo será decorado. La persecución, guetización y genocidio de todo aquel “ser impuro iba a degradar a la raza aria y superior”, como los polacos, gitanos, negros y, principalmente, judíos, es de los delirios más reconocidos de Hitler, que pese a ser tal pudo encontrar cierta legitimidad en el pueblo alemán. Pero no fue el único: como expresó en su libro Mein Kampf (Mi Lucha), el líder nazi creía en el concepto de Lebensraum (espacio vital, en alemán) con el que justificaba la expansión territorial del Imperio “para demostrar la grandeza de la nación”.

Si bien la guerra estalló tras la invasión a Polonia en 1939, Hitler ya había anexionado anteriormente a sus fronteras a Austria y Hungría. El Tercer Reich continuó su marcha expansionista por los países bálticos, la Unión Soviética y Francia, entre otros. Aquellas políticas territoriales arrastraron a un conflicto global en el que ejércitos de más de 70 países participaron hasta 1945. El inicio del fin de la Segunda Guerra Mundial empezó dos años atrás, cuando las tropas soviéticas contuvieron los ataques de Stalingrado (actual Volgogrado) y el Ejército Rojo comenzó a recuperar terreno perdido, mientras Estados Unidos se unía al conflicto luego de la invasión japonesa a la base naval de Pearl Harbor.

En agosto de 1944 los Aliados ingresaron a París, rompiendo el frente occidental alemán, mientras que desde el Este los soviéticos llegaron a franquear el perímetro de Berlín en abril de 1945. Finalmente la capital del Imperio cayó el 2 de mayo y Alemania capituló seis días después. Hitler se había suicidado el 30 de abril tras estar acorralado; llevaba más de tres meses atrincherado en el búnker junto a su esposa Eva Braun y por pedido expreso ambos cuerpos fueron quemados. El jefe de las SS, Heinrich Himmler, y el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, fueron otros de los importantes nazis que encontraron en el suicidio su única solución.

Memoria en la vergüenza

Wilhem Keitel, Hans-Jürgen Stumpff y Hans-Georg von Friedeburg fueron los tres alemanes representantes de cada una de las tres Fuerzas Armadas que firmaron las actas de capitulación el 8 de mayo en Berlín, ante la observación de altos cargos soviéticos, estadounidenses y franceses. De aquí en adelante, cada aniversario de la rendición nazi se conmemora bajo la celebración conocida como Día de la Victoria. El Tercer Reich y sus aspiraciones imperiales acababan de caer, pero los horrores cometidos por los nazis recién empezaban a revelarse: Alemania se empezaba a reconstruir entre las ruinas de guerra y los remordimientos ante lo que se iba descubriendo; semejante escarmiento al pueblo alemán comenzó a sentar las bases de una sociedad políticamente correcta, que más que vergüenza en la memoria tenía memoria en la vergüenza. O al menos eso se creyó.

Uno de los horrores más relevantes perpetrados por los nazis fue la matanza sistemática de judíos, amparada bajo los mitos de la raza superior. El Holocausto supuso el genocidio de más de 10 millones de personas, donde seis millones eran judíos. Fueron seis los campos de exterminios creados entre 1941 y 1945 en otrora territorio polaco como parte del proceso denominado como “Solución Final”. Cuando las tropas aliadas descubrieron aquellos campos de concentración fue donde la sociedad alemana comenzó a recapacitar sobre su incidencia, pues más de un millón de personas habían trabajado para la gigantesca maquinaria y la existencia de lugares como Auschwitz era un secreto a voces que pronto se transformó en culpa colectiva.

Como veremos más adelante, la siguiente división del Imperio, repartido por los intereses estadounidenses y soviéticos que preferían o no un retorno hegemónico de Alemania en el continente, tuvo gran influencia en la posterior reconstrucción ideológica. Tras la Conferencia de Postdam, en 1945, el país quedó dividido en cuatro partes: soviética, francesa, británica y estadounidense. Dos años después, los aliados occidentales unificaron sus territorios y Alemania quedó fragmentada en dos: República Federal de Alemania, al oeste y bajo la órbita de Estados Unidos, y República Democrática Alemana, al este y supervisado por la URSS.

Entre el 20 de noviembre y el 1 de octubre de 1946, en Núremberg, el Tribunal Militar Internacional se encargó de condenar las injusticias cometidas por el nazismo y 11 dirigentes fueron sentenciados a la horca. Sin embargo, los principales responsables se habían suicidado –entre ellos Hitler, Himmler, Goebbels y Göring– o emigrado a Latinoamérica –como Adolf Eichmann, el “cerebro del Holocausto” que escapó a Buenos Aires y recién en 1962 fue condenado a muerte tras ser capturado por el Mossad, la agencia de inteligencia israelí–.

El desastre que significó la Segunda Guerra Mundial, que dejó alrededor de 60 millones de muertos, derivó en el origen de un ente para fomentar la cooperación internacional e intentar prevenir futuros eventos bélicos: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Tres años más tarde, en 1948, la institución idealista dio un paso adelante en reconocimiento de los valores de las personas y redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El documento es una legitimación de los derechos de las personas, indiferentes por su raza, color, sexo, religión o cualquier otra índole, haciendo hincapié en la vida, la seguridad, el reconocimiento jurídico, la igualdad legal, el libre albedrío, el fin de la esclavitud y la tortura.

Monumento al Holocausto en Berlín

Los primeros vestigios del proceso de “desnazificación” ocurrieron en la Alemania Occidental: los restos incinerados de Hitler fueron reducidos a cenizas y arrojados al río Elba, maniobra impulsada por Estados Unidos para que ningún partidario nazi tuviese un lugar donde homenajear al Führer. El bunker en el que pasó sus últimos días en 1945 apenas goza en la actualidad de un cartel informativo en su entrada, puesto recién en 2006.

La propaganda se convirtió en una herramienta vital para que toda la sociedad alemana sintiera una cuota de responsabilidad por ser cómplices del nazismo. Se iniciaron campañas para inculcar sentimientos de culpa y los carteles con imágenes reales de víctimas del genocidio se convirtieron en moneda corriente. Sin embargo, con el pasar de los años, esa carga individual de a poco se fue perdiendo y a día de hoy quedan muy pocas personas que pueden contar su experiencia durante aquella época. Un estudio reciente realizado por el Instituto de Investigación Interdisciplinaria sobre Conflictos y Violencia (IKG) concluyó en que solo uno de cada diez alemanes se siente culpable por el Holocausto.

Ante este panorama de olvido, el recupero de la historia para la sociedad alemana deviene de dos aristas: la prohibición y el recuerdo en los monumentos. El Código Penal alemán es claro: en su artículo 86 establece la prohibición de la producción, distribución y exhibición de símbolos nacionalsocialistas y en su artículo 130 la glorificación al III Reich. La ley impide la publicación de obras como Mein Kampf y contempla, entre otros delitos, la negación del Holocausto, la portación de la esvástica y el saludo nazi.

Para muchos de los investigadores, los monumentos sirven para mantener viva la memoria colectiva. En los últimos años, con Alemania ya unificada, han surgido varios lugares para recordar la historia; en 2005 se inauguró el Monumento a los Judíos de Europa, ubicado junto a la Puerta de Brandeburgo, en Berlín, y en 2010 se abrió el museo Topografía del Terror, dedicado a exponer al tiránico régimen nazi.

Del antisemitismo a la islamofobia

El número de refugiados a nivel global es uno de los principales desafíos que tiene para afrontar el mundo entero. Cada vez son más las personas que, por diversos motivos, tienen que desplazarse a un sitio que les permita vivir mejor que en sus países, sin embargo este nomadismo suele traer todavía más problemas a los migrantes. Los constantes conflictos bélicos que sufre Medio Oriente transformaron a la región en el epicentro de quienes más tienden a buscar refugio fuera de sus fronteras, principalmente desde Siria, donde solo en 2018 se contabilizaron más de 5 millones de desplazados.

La crisis de los refugiados comenzó a principio de milenio, cuando millones de ilegales llegaron a Europa en búsqueda de asilo. La guerra contra el terrorismo, que se profundizó luego del 11-S y que paradójicamente apoya la OTAN, fue el principal motivo: los conflictos de Afganistán, Irak, Nigeria, Yemen y Pakistán fueron los primeros antecedentes de desplazados, que luego sumaron a los errantes provenientes de guerras civiles como las de Sudán, Somalía, Libia o Siria.

Europa siempre fue vista como una alternativa de garantía, especialmente por la seguridad y cercanía. Es por ello que a lo largo del 2018, según el Alto Comisionados de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 107.192 personas arriesgaron su vida intentado llegar al Viejo Continente, una cifra menor si se la compara con la del 2016, donde alrededor de 362.000 refugiados cruzaron el Mar Mediterráneo. El escape por vía marítima muchas veces es la única opción disponible, pero también un juego de ruleta: por si acaso, en 2015 más de 600 personas murieron ahogadas al volcar la embarcación en la que viajaban y se estima que más de 2 mil refugiados mueren intentando cruzar el mar.

Refugiados sirios escapan hacia Europa por el Mediterráneo

En los últimos cuatro años más de un millón de refugiados entraron a Europa. Sin embargo, la travesía no termina al pisar tierra continental nuevamente, pues es habitual el reporte de abusos y devoluciones en la frontera. La posición política de los países acogedores es de vital importancia. Hungría, por ejemplo, construyó en 2015 una valla a lo largo de su frontera con Serbia para evitar el ingreso de refugiados; al tiempo que su vecino Alemania, en cambio, recibía a quienes huían de las decisiones de Budapest al grito de “Merkel es nuestra madre” y anunciaba el asilo a 800.000 refugiados.

Resulta paradójica la política antirefugiados que impone Budapest ya que hace casi medio siglo, en 1956, millones de húngaros tuvieron que huir y sus vecinos supieron reasentarlos con facilidad. Toda Europa ha sido testigo de los desplazamientos que desde el propio continente se han realizado hacia otras partes del mundo en el siglo XX, de hecho la Comunidad Económica Europa (actual Unión Europa) nació con el objetivo de crear un gran espacio en el que los nacionalismos no tengan lugar.

Sin embargo, los atentados cometidos en el continente en los últimos tiempos, como los de Madrid, Londres, Bruselas y París, han añadido más leña al fuego para fomentar el odio hacia los musulmanes. Durante la década del 70, cuando el embargo del petróleo comenzó a calar hondo en la economía de los países árabes y los locales empezaron a emigrar a Europa en búsqueda de trabajo y estabilidad, aquellas olas de refugiados se convirtieron en las primeras en ser mal vistas, dado que, ante el desespero, los musulmanes que aterrizaban a un nuevo mundo de posibilidades estaban en condiciones de aceptar pagas menores que las de un europeo, por lo que muchos de los anfitriones comenzaron a ver a los foráneos como una amenaza a sus puestos de trabajo. Los años de Al Qaeda e ISIS profundizaron una xenofobia que hacía tiempo se había sembrado.

Es en este contexto donde el discurso nacionalista, proteccionista y racista se convirtió en presa fácil para los partidos de extrema derecha, que comenzaron a articular su posición a medida que se percibía el avance de la islamofobia. Desde la prohibición del uso del velo en Francia hasta el impedimento de nuevas mezquitas en Suiza, las decisiones gubernamentales empezaron a responder a la gran masa xenófoba del continente, pero mucho más allá de pequeñas políticas tomadas por los gobiernos de turno, la islamofobia dio paso a la aparición de partidos políticos que pregonan por un cambio mucho más profundo.

El avance de la extrema derecha ya es una realidad en muchos de los países del continente. Varios de ellos, de hecho, son quienes gobiernan. Críticas a las políticas migratorias, rechazo a la globalización, cuestionamiento a la Unión Europa, sensación de inseguridad, supuestas amenazas al estilo de vida occidental, mayor proteccionismo económico y resurgimiento de ideas nacionalistas son algunas de las características que comparten.

Italia, con el partido Liga Norte de Matteo Salvini; Austria, a través del Partido Liberal de Austria (FPÖ) de Sebastian Kurz; Polonia, mediante Ley y Justicia (PiS); Suiza, a través Partido del Pueblo Suizo (SVP); República Checa, con el Partido de los Derechos Civiles (SPO); y Hungría, con la Unión Cívica Húngara, son seis ejemplos de países en donde la extrema derecha llegó al gobierno, aunque en Budapest también hay que agregar al Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik), también de la derecha radical y que a hoy en día es la tercera fuerza en el país.

La lista de países en donde la extrema derecha fue la segunda fuerza más votada en las últimas elecciones continúa con Francia (con el Frente Nacional, FN, de Marine Le-Pen), Holanda (con el Partido para la Libertad, PVV, de Geert Wilders), Dinamarca (con el Partido Popular Danés, DF) y Finlandia (con Verdaderos Finlandeses). Por su parte, los ultraderechistas son tercera fuerza en Alemania (con Alternativa para Alemania, AfD), Suecia (con Demócratas Suecos, SD) y Grecia (con Amanecer Dorado, XA). Un poco más lejos pero no tan distante en este ritmo ascendente, la extrema derecha está representada en España a través del partido Vox, elegido como la quinta fuerza en las pasadas votaciones de abril, y en Reino Unido a través del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), gran impulsor del Brexit que no cuenta con miembros en la cámara de los Comunes.

Mapa de la extrema derecha en Europa (Statista)

El mapa de la extrema derecha en Europa es realmente sorprendente, mucho más si se acentúa en el hecho que durante su historia reciente aquello no trajo los mejores resultados. El ultraderechismo llegó incluso a los países nórdicos, quienes siempre alzaron las banderas de la pluralidad, transparencia y libertad. Sin embargo, el caso más icónico (más allá de que haya seis países donde los partidos xenófobos son parte del Ejecutivo) es el de Alemania, quien más estuvo arraigado a las consecuencias del racismo y que hoy, 74 años después, retoma aquellos ideales nacionalistas.

Alternativa para Alemania (AfD), liderado por Alexander Gauland, Jörg Meuthen y Alice Weidel, surgió en febrero de 2013 y no fue hasta hace dos años cuando consiguió su primer gran resultado electoral. El 13% de los votos logrados en las elecciones federales del 2017 le otorgaron 91 escaños en el Bundestag, 197 en las 16 cámaras estatales y una banca en el Europarlamento. Tras la victoria, Frauke Petry, su primera presidenta, decidió salir de la formación y fundar El Partido Azul, presentado como “algo más moderado”.

Muchos de los especialistas apuntan que AfD es producto de aquella repartición de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, pues es en la parte oriental donde el partido consiguió un mayor apoyo en las elecciones. Sin embargo, por más que haya llegado a influir el hecho de no contar con grandes procesos de desnazificación como los hubo en Alemania Occidental, lo cierto es que el surgimiento de partidos xenófobos en el resto de los países del continente poco tiene que ver con que en una parte de Alemania no se hayan tomado políticas democratizadoras.

“Quien olvida su historia está condenado a repetirla”

En tiempos donde la xenofobia retornó al Viejo Continente, es imprescindible cumplir con la premisa del poeta y filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santaya. El retorno del odio, esta vez hacia los musulmanes, parece demostrar una amnesia en la sociedad europea; el fenómeno del nazismo produjo consecuencias conocidas por todos y que no deben ser olvidadas por nadie, pues desconocer el pasado conduce a un futuro en el que pensamientos de otros tiempos se retoman en una versión más contemporánea.

La evolución de las sociedades está dividida en dos: prehistoria e historia. El quiebre entre ambas la produjo un suceso tan rutinario como genial: la aparición de la escritura. Todo lo que el hombre pudo empezar a plasmar y comunicar a través del tiempo fue y es parte de la historia. Con ella se puede contar, enseñar y aprender; la escritura es el arma de menor calibre que más lejos dispara: perdura durante toda la eternidad.

Es en este punto en donde nos detenemos a pensar qué importancia tiene la historia. Quedarse con los hechos del pasado, casi como si estuviesen aislados y hayan sido una anécdota de la antigüedad, es un error en el que fácilmente se puede caer. El presente es el resultado del pasado y también las causas del futuro, entonces comprender nuestra historia nos servirá para moldear nuestra actualidad y decidir hacia adónde apunta nuestro porvenir.

Los más de 60 millones de muertos que dejó la Segunda Guerra Mundial y entre ellos los seis millones de judíos asesinados sistemáticamente en el Holocausto no son simplemente números estremecedores: son historia; son, por su cualidad de exuberante, historia que nadie querría volver a repetir. Sin embargo, aquella xenofobia que fue la chispa que encendió Hitler para sucumbir al continente en la mayor catástrofe mundial que se tenga registro, es hoy en día la misma que muchos de los partidos de la extrema derecha europea intentan prender contra los migrantes musulmanes que escapan de guerras que poco tienen que ver con ellos.

En el mundo hay personas que deambulan entre fronteras porque en su lugar de origen no se puede estar en paz; personas que escapan de conflictos entre Estados en los que son víctimas; personas que solo quieren vivir un poco mejor. El artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos expone la cuestión: toda persona tiene derecho a buscar asilo y a disfrutar de él en cualquier país. Ante sociedades cada vez más narcisistas que priorizan la satisfacción individual ante el bienestar colectivo, cualquier intento de aldea global se desmorona ante las luchas de intereses: aquel que viene aquí, a mí país, intenta robarme el trabajo. Pensar en que aquella persona, que huye de su país y deja atrás a sus afectos, es totalmente ajena a las decisiones que toman los gobiernos parece ser una tarea cada día más difícil de conseguir.

La labor del historicismo es quien tiene el poder. Con escrituras, monumentos, testimonios o incluso internet; con lo que se puedan enseñar sobre nuestro pasado será útil para no volver a caer en pozos desconocidos por la ignorancia. Eso es lo que la historia es: un repaso por nuestros aciertos y errores, una lista de todos los momentos a los que queremos volver y de todos los horrores que, como humanos, nadie quiere volver a cometer.

Campaña xenófoba del Partido del Pueblo Suizo donde una oveja blanca patea hacia fuera del país a una oveja negra

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